lunes, 26 de junio de 2017

No tengo un nombre para esta entrada.

Silencio,  inquietante silencio.
Una voz que no he escuchado, que dice la verdad a ciegas, la verdad que no tolero.
 El camino que temo, el que no he logrado seguir.

El destino nos habla, le habla alto y claro a nuestra cobardía. La vida que nos mina, nos dirije con dolor, como quien baila una danza que no conoce, un vals secreto, aunque muy buen paso, sencillo y siniestro.

Huimos de la miseria y del hastío, huimos y llegamos justamente donde es debido.
Huimos del aburrimiento y llegamos a la fiesta, huimos del hambre y llegamos al pan, huimos de la sed y nos acabamos el agua,  huimos del miedo propio y nos embriagamos, huimos de nuestro sexo, del placer que nos imponen y nos acostamos en tantas camas podemos, con el corazón guardado en un cajón, tormento.
La monogamia nos hace huir de la lujuria y el amor nos hace ocultar las heridas, el temor a la soledad nos hace fingir, recomponernos después que nos lastiman,  nos obliga al esperar la paz del siguiente día.

La vida está llena de silencio,  porque nadie nos dice lo que pasa, no sabemos de donde venimos ni hacia donde vamos, sin embargo el dinero existe,  el poder existe y la muerte también,  la corrupción,  las drogas,  la saña y la peste, todo lo que nos pervierte y todo lo que nos salva, la bondad, la paciencia, la esperanza.

El vals que bailamos y cuyo ritmo desconocemos, que nos dirige hacia el infinito, o quizá a la extinción.

Tengo un vacío que no lo llena el tiempo, tengo un hambre que no se sacia, tengo un espíritu inquieto y un cerebro que reclama.
Eso es todo lo que soy, mentiras,  miedo y nostalgia.

Agallas, curiosidad,  pasión.