viernes, 9 de septiembre de 2016

Es tarde.

Es una tarde agradable en Managua, el cielo está nublado y el calor nos ha dado receso.
Voy a mi trabajo, sin querer llegar,  sin querer entrar, queriendo que fuese otro, queriendo no tener 24 y odiar lo que hago. Queriendo no sentirme nadie.

Aquí nunca hay silencio, es un call center y la buena paga no es suficiente como para soportar ese bullicio eterno, que siempre dice lo mismo. Somos máquinas,  decimos lo que debemos y a como podemos, al otro lado alguien con una vida nos cuelga antes de que terminemos de decirle "Gracias por elegir a M", sin desearnos buen día.
¿Y para qué? , no nos ven, ni siquiera hablamos como personas, seguimos una a una la línea que se nos indica. Decimos que "lo sentimos" por su "inconveniente" pero no nos importa, o quizá sí, pero es cansado que nos importen las 100 llamadas al día.

Es hora de entrar, no puedo esconderme de mi vida. No puedo fingirme escritora, ni cantante, ni soñar más con estos delirios de artista.

"Gracias por llamar a M...,le atiende Abby,
¿cómo puedo asistirle?"

Continúa el día con mi nombre falso, con mi vida falsa.